sábado, 26 de mayo de 2012

MARK TWAIN -CANDIDATO A GOBERNADOR



CANDIDATO A GOBERNADOR

Hace unos cuantos meses, me eligieron candidato a gobernador del gran estado de Nueva York, para competir, en una lista independiente, contra Stewart L. Woodford y John T. Hoffman.
De algún modo sentí que partía con una notable ventaja sobre dichos caballeros, a saber: mi buena reputación. Era fácil comprobar por la prensa, que si alguna vez llegaron a saber qué era tener un nombre honorable, esos tiempos habían acabado. Era evidente que en los últimos años se habían familiarizado con toda suerte de delitos vergonzosos. Mas, justo cuando me sentía exultante por mi ventaja y la disfrutaba secretamente, surgió una corriente de desazón enturbiando el piélago de mi felicidad, y era el hecho de tener que ver mi nombre mezclado de forma familiar con el de tales personas. Mi inquietud iba cada vez más en aumento. Finalmente, le escribí a mi abuela para hablarle del asunto. Su respuesta llegó rápida y cortante. Decía:

“Nunca has hecho ni una sola cosa en toda tu vida de la que te puedas avergonzar —ni una sola—. Mira los periódicos, míralos y entérate de la clase de personas que son los señores Woodford y Hoffman, y luego decide si lo que quieres es rebajarte a su nivel y participar en una campaña con ellos.”
¡Eran mis propios pensamientos! No dormí ni un solo instante en toda la noche. Pero, después de todo, no podía retirarme. Me había comprometido plenamente y debía seguir en la contienda. Mirando con desgana la prensa a la hora del desayuno, me topé con este párrafo, y puedo afirmar honestamente que nunca antes me había sentido tan confundido:

"PERJURIO: Tal vez, ahora que el Sr. Mark Twain se presenta ante la gente como candidato a gobernador, tendrá a bien explicar cómo llegó a ser condenado por perjurio por treinta y cuatro testigos, en Wakawak —Cochinchina—, en 1863, delito cometido tras robar en un pequeño platanar, el único medio de vida de una pobre viuda nativa y su desamparada familia en mitad de su duelo y desolación. El señor Twain se debe a sí mismo, así como a las honorables personas a las que solicita el voto, una aclaración de este asunto. ¿Lo hará?”
¡Pensé que iba a estallar de desconcierto! ¡Qué acusación tan cruel y despiadada! ¡ Si yo nunca había estado en Cochinchina! ¡En mi vida había oído hablar de Wakawak! ¡No distinguía un platanar de un canguro! No sabía qué hacer. Me sentía furioso e impotente. Dejé que el día transcurriera sin hacer absolutamente nada. A la mañana siguiente, el mismo periódico traía esto —¡nada más!—:

"SIGNIFICATIVO: El señor Twain, como se observará, mantiene un insinuante silencio sobre el perjurio en Cochinchina.”
[Memorándum: Durante el resto de la campaña, este periódico nunca se refirió a mí de otro modo que no fuera “el Infame Perjuro Twain”.]

A continuación, vino “La Gaceta”, con esto:

"URGE SABER: ¿Se dignará explicar, el nuevo candidato a Gobernador, a ciertos conciudadanos —¡sus sufridos votantes!—, la pequeña circunstancia de que sus compañeros de cabaña en Montana fueran perdiendo pequeños objetos de valor, de cuando en cuando, hasta que, al final, cuando dichos objetos fueron invariablemente hallados en la persona de Mark Twain o en su “tronco” —periódico en el que envolvía sus rapacerías—, ellos se vieron forzados a darle un amistoso escarmiento por su propio bien, siendo así que le emplumaron con brea y lo pasearon sobre una viga, para recomendarle a continuación que dejara permanentemente vacío el lugar que solía ocupar en el campamento? ¿Lo hará?”
¿Podía haber algo más deliberadamente malicioso? ¡Porque en mi vida he pisado Montana!


[Después de esto, dicho diario acostumbraría a hablar de mí como “Twain, el Ladrón de Montana”.]

Empecé a coger los periódicos con aprensión —como la de quien fuera a levantar una manta teniendo la idea de que podría haber una cascabel debajo—. Un día esto me saltó a la vista:

"¡MENTIRA CAZADA!: Por la declaración jurada de Michael O’Flanagan, letrado de Five Points, y las de los señores Kit Burns y John Allen, de Water Street, queda probado que la vil afirmación de Mark Twain de que el llorado abuelo de nuestro representante, el noble John T. Hoffman, fue ahorcado por asaltador de caminos, es una infame y gratuita MENTIRA, sin el más mínimo fundamento en la realidad. Es descorazonador para las personas virtuosas ver que se recurre a artimañas tan rastreras en pos del éxito político, como lo es el atacar a los muertos en sus tumbas y profanar sus honorables nombres con calumnias. Cuando pensamos en la angustia que esta miserable falsedad debe causar en los inocentes familiares y amigos del difunto, casi nos sentimos impelidos a incitar a la ultrajada y ofendida ciudadanía a que cometa una venganza sumaria fuera de la ley contra el calumniador. ¡Pero no!, dejémosle agonizar en los remordimientos de su conciencia —aunque, si la pasión sacara lo mejor de cada ciudadano, y, en ciega furia, causaran daño físico al calumniador, es más que obvio que ningún jurado podría condenar, ningún tribunal castigar, a los perpetradores de tales acciones—."
La ingeniosa frase final tuvo el efecto de sacarme de la cama con pronta eficacia aquella noche, y luego escapar por la puerta de atrás, mientras la “ultrajada y ofendida ciudadanía” se acercaba por la entrada principal, rompiendo muebles y ventanas en su justa indignación al entrar, y llevándose tantos bienes de mi propiedad como podían cargar encima, al salir. Y aún así, puedo poner mi mano sobre el Libro y jurar que jamás calumnié al abuelo del Gobernador Hoffman. Es más, ni siquiera lo había oído mencionar hasta ese día y fecha.

[Comentaré, de pasada, que el diario citado arriba, en lo sucesivo siempre se refirió a mí como “Twain, el Profanador de Tumbas”.]

El siguiente artículo que captó mi atención fue el que reproduzco a continuación:

“UN TIERNO CANDIDATO: “Mark Twain, quien fuera a pronunciar tan malogrado discurso en el mitin multitudinario de los Independientes la pasada noche, ¡no se presentó! Un telegrama de su galeno declaraba que había sido pateado por un tiro de caballos desbocado con el resultado de una pierna rota por dos sitios”, —lo que le mantenía postrado en medio de una fuerte agonía y etcétera, etcétera y una sarta de disparates de ese calibre—. “Los Independientes intentaron a duras penas colar el burdo subterfugio fingiendo que no conocían la verdadera razón de la ausencia de esa desvalida criatura que ellos llaman su representante. Cierto individuo fue visto anoche tambaleándose en el hotel del Sr. Twain en un estado de espantosa embriaguez. Es deber imperioso de los Independientes probar que ese grosero beodo no era el mismísimo Mark Twain: ¡ Por fin les tenemos! Este es un caso que no admite evasivas. La voz del pueblo demanda con voz atronadora: ¿QUIÉN ERA ESE HOMBRE?”
Fue increíble, totalmente increíble, por un momento, ver que de verdad era mi nombre el que se asociaba con una sospecha tan deplorable. Habían pasado tres largos años sobre mi cabeza desde la última vez que probé el último trago de cerveza, vino, o licor de cualquier tipo.

[Como muestra del efecto que todo aquello empezaba a ejercer sobre mí, diré que ya me vi a mí mismo apodado, con toda seguridad, como “El Sr. Delirium Tremens Twain” en la siguiente edición de ese diario, sin sentir ni una punzada de congoja —pese a saber que, con monótona fidelidad, el periódico me seguiría llamando así hasta el final—.]

Para entonces, las cartas anónimas ya suponían una parte importante de mi correspondencia. Este modelo era común:

“¿Que ahi de la vieja que hechaste a patadas de tu propiedad la que estaba pidiendo?”

SCOTT-TILLAY este:

“Has echo cosas que la jente no lo sabe pero yo si. Ya puedes ir soltando la pasta a un servidor o lo vas a leer en el periodico.”
JONNI MELAVO

Sirvan estos ejemplos para hacerse una idea. Podría continuar con más hasta hartar al lector, si así lo quisiera.

En poco tiempo, el diario líder republicano me “condenó” por sobornos a gran escala, y la principal cabecera demócrata me “colgó” un caso de chantaje con agravantes.

[De este modo, adquirí otros dos nombres adicionales: “Twain el Apestoso Corrupto” y “Twain el Repugnante Sobornador”.]

Para entonces, ya había cundido tal clamor por una “respuesta” a todas las horribles acusaciones que se me atribuían, que tanto los editores como los líderes de mi partido dijeron que supondría mi ruina política seguir callado un segundo más. Como para hacer su exigencia más apremiante, esto apareció en unos de los periódicos justo al día siguiente:

"¡CONTEMPLEN AL HOMBRE!: El candidato independiente todavía guarda silencio. ¡Porque no se atreve a hablar! Cada acusación en su contra ha sido probada con creces y ratificada y re-ratificada por su elocuente silencio, de modo que, a día de hoy, podemos considerarlo definitivamente culpable. ¡Miren a su candidato, Independientes! ¡Miren al Infame Perjuro! ¡Al Ladrón de Montana! ¡Al Profanador de Tumbas! ¡Contemplen a su de Delirium Tremens personificado! ¡A su Apestoso Corrupto! ¡Su Repugnante Sobornador! ¡Obsérvenlo con atención —examínenlo bien— y luego digan si ustedes pueden darle su honesto voto a una criatura que se ha ganado esta negra colección de títulos por sus horrendos crímenes y que no se atreve a abrir la boca para negar uno solo de ellos!”
No había manera de escapar de aquello, así que, con profunda humillación, me dispuse a preparar una “respuesta” para la montaña de acusaciones infundadas y el montón de fasedades perversas y miserables. Pero nunca terminé la tarea, porque a la mañana siguiente un periódico traía un nuevo horror, una malignidad fresca, culpándome gravemente de haber quemado un asilo mental con todos los internos dentro porque entorpecía la vista desde mi casa. Esto me sumió en una especie de pánico. Luego vino la inculpación de haber envenenado a mi tío para quedarme con su propiedad, con la exigencia inapelable de que se abriera su tumba. Esto me llevó al borde del delirio. Por si no era suficiente, también se me acusó de contratar a unos ancianos parientes, desdentados e incompetentes, para preparar la comida del hospital de huérfanos, cuando yo era el encargado. Flaqueba. Me sentía desfallecer. Y, por último, como colofón perfecto a la vergonzosa persecución que me había infligido el rencor partidista, nueve niñitos de diferentes tonos de color y distintos grados de andrajosidad fueron aleccionados para abalanzarse a la tribuna en un mitin público, agarrarse a mis piernas y llamarme “¡papá!”.

Me di por vencido. Arrié la bandera y me rendí. No estaba a la altura que requería una campaña a gobernador del estado de Nueva York, por lo que envié la retirada de mi candidatura, y con gran amargura de espíritu, la firmé:

“Atentamente, el que fuera decente, pero ahora,

MARK TWAIN, I. P.; L.M.; P.T.; D.T. T.;A.C.; y R. S.

Traducción del inglés por Siena

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