sábado, 2 de junio de 2012

DE LA PULSIÓN DEL ARTE Y LA LIBERTAD

DE LA PULSIÓN DEL ARTE Y LA LIBERTAD

El arte es una pulsión de los seres humanos y muy posiblemente la única que nos diferencia del resto de los animales. Desde el principio de los tiempos hemos necesitado de tal facultad para expresar nuestros pensamientos más íntimos y, sobre todo, nuestras dudas y miedos.

Todo es dinámico a imitación del universo y nada es perfecto tampoco.
Nuestra aproximación a las artes se produce por una hipersensibilidad que estoy seguro todos tenemos, si bien se necesita de la voluntad ya sea consciente o inconsciente, para poder desarrollar esta dimensión. Sin arte la vida carece de sentido estético. Son favorecedoras de las libertades y propician las pautas para que podamos expresarnos sin complejos, alabemos aquello que nos agrada y critiquemos lo que les produce reparos o nos disgusta. La libertad está íntimamente unida a las artes, pondré un ejemplo: si un grupo de indígenas, en medio de un gran territorio, sufren el ataque de una estampida de animales salvajes y, como consecuencia de ello, mueren varios de sus componentes, es muy posible que alguno en su desesperación golpee un tronco hueco para contarlo a toda la jungla. Un hecho así, lógicamente no es arte sino comunicación, ahora bien, si ese mismo individuo se siente triste o alegre aunque no le haya pasado nada, ni su vida corra peligro, pero recuerde la cara de su madre o de su hijo de su esposa, si esa persona golpea el tronco al principio para desahogarse y luego, con cierto ritmo, sí está creando arte ya que nos está relatando un proceso íntimo y abstracto desarrollado en la compleja estructura neuronal de su cerebro. El golpeo del tronco deja de hacerse monótono y comienza a crearse combinaciones de ritmos y melodías que la hacen agradables a otras personas y eso hecho es arte en sí mismo.

El artista cuando crea es un ser absolutamente libre. El poder es plenamente consciente del peligro de libertad y de arte en las sociedades y lucha contra ello. Todo individuo libre es peligroso para el poder y puede hacer tambalear su supremacía.

La libertad y el arte están reñidos con el poder y, es por eso, que la historia nos enseña que los grandes poderosos se preocuparon de acaparar a sus artistas para que los alabasen y glorificasen para la eternidad. Repletos y amontonados están los vestigios que demuestran esta afirmación mía, las iglesias se han encargado de que se pinten machaconamente miles de imágenes supuestamente santas. Emperadores, reyes y aristócratas, emplearon como siervos a los más grandes artistas, con el único fin de que sus nombres y sus vidas pudiesen ser conocidos a través de los tiempos, independientemente en muchos casos del desprecio de éstos por las artes.

Cantidades ingentes de recursos se han invertido en erigir los edificios singulares que hoy admiramos, pero en su fuero interno únicamente preocupaba que se supiese quien los había mandado construir.

Y llegamos al siglo XXI, aunque demos un salto grande y nos encontramos con nuevas herramientas virtuales que favorecen a una gran mayoría –lamentablemente todavía perteneciente únicamente al primer mundo-, que tiene acceso por primera vez, desde sus casas, por muy apartadas que tales estén a la información, economía y también al arte. Al poder eso le aterra y le preocupa, debido a que como esas personas ya pueden establecer juicios críticos sobre el arte, también lo pueden hacer y de hecho lo hacen, de sus gobernantes.

Ahora entiendo perfectamente las trabas que las grandes compañías y sus títeres -los gobiernos supuestamente democráticos-, están introduciendo en la red.

Jesús María Serrano

Publicado por Jesús María Serrano

lunes, 28 de mayo de 2012

SENDEROS DEL ALMA



“No es fácil hurgar en los senderos del alma y resucitar los monstruos de la vida. Pero lo he hecho. Y aquí, en estas confesiones, mi alma recorre, buscando un no sé qué, las palabras”

Adoraba el mar. Desde el puente, todas las tardes admiraba el relajante ir y venir de las olas sentada en una hamaca que mi madre me entregaba para evitar un cansancio excesivo. Yo estaba enferma, y en cuanto realizaba el más insignificante esfuerzo, los tubérculos, aposentados en mis pulmones, impedían que absorbiera el aire. Por ello, percibía con los ojos la suavidad de un oleaje que no podía recibir en mi piel.

Los inviernos eran muy tristes. Como casi siempre lloviznaba, dejaba transcurrir los días recluida en mi aposento en compañía de una profesora por la mañana y de los juegos por la tarde.

En el verano todo era más alegre porque paseaba, lentamente, por el campo. A veces, un acceso de tos me obligaba a detenerme en el camino, a menudo echada sobre la arena si no hallaba piedra alguna. Mientras recobraba el aliento, examinaba al señor Alejandro cultivando sus tierras. Este hombre aparecía y desaparecía entre las hojas de remolacha, dejando un rastro de humo procedente de su enorme pipa, y por el que localizaba el lugar exacto en el que se encontraba agazapado. Yo seguía los movimientos a veces violentos, generalmente pausados, de la humareda. En una ocasión, esta permaneció fija en el mismo lugar del espacio bastante tiempo, como si soplaran dos vientos en direcciones contrarias que evitaran su desplazamiento. Intrigada, me dirigí hacia Alejandro y lo encontré dormido en un surco con la humeante pipa entre los labios.

Otras veces, la abuela Emiliana caminaba, con la azada sobre el hombro, en dirección a la sierra. Era muy vieja y casi ciega, pero muy fuerte: nunca descubrí en su rostro un gesto de agotamiento. A mí me analizaba con desolación y amargura por la fragilidad con que me alumbraron. Me aconsejó que bebiera muchos huevos batidos, porque eran buenísimos para terminar con todo tipo de debilidades. Seguí su consejo durante algún tiempo, de modo que, cuando caía la noche y todos dormían, iba a la cocina y los preparaba. Como no apreciaba mejoría alguna, los abandoné, pero nunca pude volver a comerlos.

Mis paseos no eran muy largos porque me cansaba, pero los recorridos eran cambiantes según fuese mi estado anímico. Así, si un día amanecía alegre, seguía la senda que finalizaba en la choza de “Trapito”; si despertaba con grandes pesares, visitaba a Teresa.

“Trapito” era muy simpático. Lo apodaron así porque llevaba un pequeño esparadrapo en la punta de la nariz con el que intentaba disimular el trozo de carne que le faltaba. Un Guardia Civil se lo arrancó de un disparo cuando lo sorprendió robando en la finca de don Paco, el alcalde del pueblo. “Trapito” le estaba agradecido, porque aseguraba que lo hizo por su bien, como escarmiento para que no volviera a introducir la nariz en las propiedades de los demás. Aprendió la lección y toda su vida actuó con gran rectitud, engañando su hambre con la ingestión de hierbas, serpientes y lagartos.

En una ocasión hizo una demostración de cómo cazaba y preparaba estos reptiles. Los vigilaba largamente y, cuando los sabía dormidos, les aplastaba con una piedra la erguida cabeza. Una vez muertos, los introducía en una bolsa y, en el momento que reunía veinte o treinta, se encaminaba a su habitáculo. Allí, encima de una piedra, separaba la cabeza del resto del cuerpo, los abría en canal y los limpiaba. Posteriormente procedía a lavarlos en un regato que discurría por las cercanías para, finalmente, cocerlos en un recipiente que contenía agua, sal y berros.

Le gustaban bastante los lagartos, sobre todo si eran verdes, porque decía que estos eran más sabrosos y blandos que los marrones. Si, le gustaban mucho los lagartos verdes.

“Trapito” era muy simpático. Las tardes de los sábados ofrecía su arte a cambio de una peseta. Antes de comenzar la actuación cobraba su importe y, si alguien no había podido conseguir la moneda, le fiaba hasta el siguiente sábado. Hubo un chico que nunca obtenía el dinero, y “Trapito” le daba crédito actuación tras actuación. Comentaba “Trapito” que los padres de este niño eran muy pobres, y que su madre pedía limosna en la plaza del pueblo. Por ello, como presentía que estaba hambriento le dejaba ver gratis sus funciones, ya que, cierta vez, un hombre muy sabio le dijo que la cultura mataba la necesidad de comer.

Las representaciones las llevaba a cabo en un llano cercano al cementerio. Allí, como no poseía sillas, disponía, en fila, varias piedras rematadas con tablas de las que, a menudo, sobresalían puntas que nos pinchaban las nalgas.

El telón lo confeccionaba con una cuerda amarrada a dos secos y tortuosos árboles, de la que colgaba una raída colcha con abundantes agujeros por los que examinábamos sus inertes, calladas y tétricas marionetas. Los títeres eran tres, una figura de hombre y dos de mujer. Las tenía clavadas en una tabla en forma de cruz y, con unos hilos situados debajo de los hombros, las hacía bailar al ritmo de la chirriante música que emanaba de su silbato.

A mí, de todo lo que representaba, lo que más me entusiasmaba era el número de la “culona”. Disfrazado con un vestido de mujer, abultaba con cartones desmesuradamente su trasero y cantaba una canción que decía así:

“Allí va la culona, meneando el culo,
a casa del pescadero a por besugo,
y el pescadero le dice que no hay besugo
y aquí viene la culona meneando el culo”


Aunque todos los sábados repetía la misma función, “Trapito” era muy simpático.

Mis paseos eran cortos debido a mi quebradiza salud. Si me sentía contenta, visitaba a “Trapito”, que habitaba cerca, pero si la congoja me atormentaba, encaminaba mis pasos hacia la vivienda de Teresa, mucho más cercana que la del cazador de reptiles.

Teresa era muy guapa, pero siempre estaba triste y vestida de negro. Me encantaba charlar con ella porque decía que sanaría y sería dichosa, que lo leía en las rayas de mi mano. La creí y, aunque aún no estoy curada, tengo fe en su pronóstico.

Estaba casada con Antonio, el pescador más taciturno y solitario de toda la bahía. El hombre se encontraba preso y, desde la penitenciaria le escribía cartas y versos tan hermosos que parecía un poeta. Yo se las leía porque Teresa era analfabeta. Lo que más la extasiaba eran los poemas, que me obligaba a recitarle una y otra vez mientras sujetaba una amarillenta fotografía de su marido. De todos los versos, Teresa prefería uno, que refería en voz alta en los momentos de más grande abatimiento. Creía que con ello ofendía al Señor, y un día que tubo que confesarse manifestó al cura este gran pecado con un recital proveniente de su melodiosa voz. Creo que el poema era así:


“!Cuantas noches esperando,
una esperanza, Señor!
¡Cuantas noches delirando
pidiendo mi salvación!
De Ti lo esperaba todo, esperanza y salvación,
y Tú no me distes nada,
y yo te di, ¡mi furor!
Si Dios no te da la mano,
la mano que Él te ofreció,
si Dios te deja pudrirte,
Entonces, entonces, ¡olvídalo!”

El confesor la absolvió, y ni siquiera le impuso la penitencia de un Padre Nuestro.

Como Teresa era analfabeta, me enteré de todo lo que su marido sufría en prisión. Escribía que, tras los barrotes de su celda, consumía un arrugado cigarrillo apoyado en el alféizar de la ventana mientras contemplaba, deslizándose, toda la podredumbre y miseria de su existencia. En la blanca y desgastada roca del sanitario vislumbraba retazos de su vida: el viejo hospicio en el que se crió, su primer juguete y su primer amor; su primer robo y su primer odio; su primer poema y su primer sueño; su primera puñalada y su primera hombría; su primera sonrisa y su primera lágrima; su primer reformatorio y su definitiva prisión. Decía que, cuando se apagaban las luces, el cigarrillo caía al suelo, donde, con lentitud, se apagaba en la negrura de la noche.

Si, Teresa estaba muy triste sin su marido, tanto como yo cuando me ahogaba porque el aire no llegaba a mis pulmones.

Los días que la enfermedad no permitía que traspasara el umbral de la puerta, los pasaba entre las sábanas. La fiebre me mantenía adormecida constantemente, y, entonces, los sueños llenaban el espacio de “Trapito” y Teresa. Había uno que se producía muy a menudo, y era muy corto. Yo aparecía agonizante encima de mi cama, inhalando aire entrecortadamente, cuando, de repente, vomitaba una masa redonda de color verdoso. Pocas horas después, sanaba y caminaba kilómetros y kilómetros sin apreciar cansancio alguno en mis músculos.

Muchas veces, estas placenteras quimeras se rompían bruscamente en el instante en que mi pecho subía y bajaba agitadamente, y mis manos buscaban el aire que contenía la botella de oxígeno.

Poco a poco fui empeorando. Fue muy triste cuando papa y mama, por consejo del médico, decidieron el traslado de toda la familia a un lugar más seco para que yo pudiera sobrevivir. Vendieron todo, incluso el pequeño barquito que heredamos del abuelo, y nos asentamos aquí, en este melancólico valle, desde donde no puedo visitar a “Trapito” ni a Teresa, ni admirar el relajante ir y venir de las olas sentada en una hamaca.

por: Alacena de las Monjas

sábado, 26 de mayo de 2012

MARK TWAIN -CANDIDATO A GOBERNADOR



CANDIDATO A GOBERNADOR

Hace unos cuantos meses, me eligieron candidato a gobernador del gran estado de Nueva York, para competir, en una lista independiente, contra Stewart L. Woodford y John T. Hoffman.
De algún modo sentí que partía con una notable ventaja sobre dichos caballeros, a saber: mi buena reputación. Era fácil comprobar por la prensa, que si alguna vez llegaron a saber qué era tener un nombre honorable, esos tiempos habían acabado. Era evidente que en los últimos años se habían familiarizado con toda suerte de delitos vergonzosos. Mas, justo cuando me sentía exultante por mi ventaja y la disfrutaba secretamente, surgió una corriente de desazón enturbiando el piélago de mi felicidad, y era el hecho de tener que ver mi nombre mezclado de forma familiar con el de tales personas. Mi inquietud iba cada vez más en aumento. Finalmente, le escribí a mi abuela para hablarle del asunto. Su respuesta llegó rápida y cortante. Decía:

“Nunca has hecho ni una sola cosa en toda tu vida de la que te puedas avergonzar —ni una sola—. Mira los periódicos, míralos y entérate de la clase de personas que son los señores Woodford y Hoffman, y luego decide si lo que quieres es rebajarte a su nivel y participar en una campaña con ellos.”
¡Eran mis propios pensamientos! No dormí ni un solo instante en toda la noche. Pero, después de todo, no podía retirarme. Me había comprometido plenamente y debía seguir en la contienda. Mirando con desgana la prensa a la hora del desayuno, me topé con este párrafo, y puedo afirmar honestamente que nunca antes me había sentido tan confundido:

"PERJURIO: Tal vez, ahora que el Sr. Mark Twain se presenta ante la gente como candidato a gobernador, tendrá a bien explicar cómo llegó a ser condenado por perjurio por treinta y cuatro testigos, en Wakawak —Cochinchina—, en 1863, delito cometido tras robar en un pequeño platanar, el único medio de vida de una pobre viuda nativa y su desamparada familia en mitad de su duelo y desolación. El señor Twain se debe a sí mismo, así como a las honorables personas a las que solicita el voto, una aclaración de este asunto. ¿Lo hará?”
¡Pensé que iba a estallar de desconcierto! ¡Qué acusación tan cruel y despiadada! ¡ Si yo nunca había estado en Cochinchina! ¡En mi vida había oído hablar de Wakawak! ¡No distinguía un platanar de un canguro! No sabía qué hacer. Me sentía furioso e impotente. Dejé que el día transcurriera sin hacer absolutamente nada. A la mañana siguiente, el mismo periódico traía esto —¡nada más!—:

"SIGNIFICATIVO: El señor Twain, como se observará, mantiene un insinuante silencio sobre el perjurio en Cochinchina.”
[Memorándum: Durante el resto de la campaña, este periódico nunca se refirió a mí de otro modo que no fuera “el Infame Perjuro Twain”.]

A continuación, vino “La Gaceta”, con esto:

"URGE SABER: ¿Se dignará explicar, el nuevo candidato a Gobernador, a ciertos conciudadanos —¡sus sufridos votantes!—, la pequeña circunstancia de que sus compañeros de cabaña en Montana fueran perdiendo pequeños objetos de valor, de cuando en cuando, hasta que, al final, cuando dichos objetos fueron invariablemente hallados en la persona de Mark Twain o en su “tronco” —periódico en el que envolvía sus rapacerías—, ellos se vieron forzados a darle un amistoso escarmiento por su propio bien, siendo así que le emplumaron con brea y lo pasearon sobre una viga, para recomendarle a continuación que dejara permanentemente vacío el lugar que solía ocupar en el campamento? ¿Lo hará?”
¿Podía haber algo más deliberadamente malicioso? ¡Porque en mi vida he pisado Montana!


[Después de esto, dicho diario acostumbraría a hablar de mí como “Twain, el Ladrón de Montana”.]

Empecé a coger los periódicos con aprensión —como la de quien fuera a levantar una manta teniendo la idea de que podría haber una cascabel debajo—. Un día esto me saltó a la vista:

"¡MENTIRA CAZADA!: Por la declaración jurada de Michael O’Flanagan, letrado de Five Points, y las de los señores Kit Burns y John Allen, de Water Street, queda probado que la vil afirmación de Mark Twain de que el llorado abuelo de nuestro representante, el noble John T. Hoffman, fue ahorcado por asaltador de caminos, es una infame y gratuita MENTIRA, sin el más mínimo fundamento en la realidad. Es descorazonador para las personas virtuosas ver que se recurre a artimañas tan rastreras en pos del éxito político, como lo es el atacar a los muertos en sus tumbas y profanar sus honorables nombres con calumnias. Cuando pensamos en la angustia que esta miserable falsedad debe causar en los inocentes familiares y amigos del difunto, casi nos sentimos impelidos a incitar a la ultrajada y ofendida ciudadanía a que cometa una venganza sumaria fuera de la ley contra el calumniador. ¡Pero no!, dejémosle agonizar en los remordimientos de su conciencia —aunque, si la pasión sacara lo mejor de cada ciudadano, y, en ciega furia, causaran daño físico al calumniador, es más que obvio que ningún jurado podría condenar, ningún tribunal castigar, a los perpetradores de tales acciones—."
La ingeniosa frase final tuvo el efecto de sacarme de la cama con pronta eficacia aquella noche, y luego escapar por la puerta de atrás, mientras la “ultrajada y ofendida ciudadanía” se acercaba por la entrada principal, rompiendo muebles y ventanas en su justa indignación al entrar, y llevándose tantos bienes de mi propiedad como podían cargar encima, al salir. Y aún así, puedo poner mi mano sobre el Libro y jurar que jamás calumnié al abuelo del Gobernador Hoffman. Es más, ni siquiera lo había oído mencionar hasta ese día y fecha.

[Comentaré, de pasada, que el diario citado arriba, en lo sucesivo siempre se refirió a mí como “Twain, el Profanador de Tumbas”.]

El siguiente artículo que captó mi atención fue el que reproduzco a continuación:

“UN TIERNO CANDIDATO: “Mark Twain, quien fuera a pronunciar tan malogrado discurso en el mitin multitudinario de los Independientes la pasada noche, ¡no se presentó! Un telegrama de su galeno declaraba que había sido pateado por un tiro de caballos desbocado con el resultado de una pierna rota por dos sitios”, —lo que le mantenía postrado en medio de una fuerte agonía y etcétera, etcétera y una sarta de disparates de ese calibre—. “Los Independientes intentaron a duras penas colar el burdo subterfugio fingiendo que no conocían la verdadera razón de la ausencia de esa desvalida criatura que ellos llaman su representante. Cierto individuo fue visto anoche tambaleándose en el hotel del Sr. Twain en un estado de espantosa embriaguez. Es deber imperioso de los Independientes probar que ese grosero beodo no era el mismísimo Mark Twain: ¡ Por fin les tenemos! Este es un caso que no admite evasivas. La voz del pueblo demanda con voz atronadora: ¿QUIÉN ERA ESE HOMBRE?”
Fue increíble, totalmente increíble, por un momento, ver que de verdad era mi nombre el que se asociaba con una sospecha tan deplorable. Habían pasado tres largos años sobre mi cabeza desde la última vez que probé el último trago de cerveza, vino, o licor de cualquier tipo.

[Como muestra del efecto que todo aquello empezaba a ejercer sobre mí, diré que ya me vi a mí mismo apodado, con toda seguridad, como “El Sr. Delirium Tremens Twain” en la siguiente edición de ese diario, sin sentir ni una punzada de congoja —pese a saber que, con monótona fidelidad, el periódico me seguiría llamando así hasta el final—.]

Para entonces, las cartas anónimas ya suponían una parte importante de mi correspondencia. Este modelo era común:

“¿Que ahi de la vieja que hechaste a patadas de tu propiedad la que estaba pidiendo?”

SCOTT-TILLAY este:

“Has echo cosas que la jente no lo sabe pero yo si. Ya puedes ir soltando la pasta a un servidor o lo vas a leer en el periodico.”
JONNI MELAVO

Sirvan estos ejemplos para hacerse una idea. Podría continuar con más hasta hartar al lector, si así lo quisiera.

En poco tiempo, el diario líder republicano me “condenó” por sobornos a gran escala, y la principal cabecera demócrata me “colgó” un caso de chantaje con agravantes.

[De este modo, adquirí otros dos nombres adicionales: “Twain el Apestoso Corrupto” y “Twain el Repugnante Sobornador”.]

Para entonces, ya había cundido tal clamor por una “respuesta” a todas las horribles acusaciones que se me atribuían, que tanto los editores como los líderes de mi partido dijeron que supondría mi ruina política seguir callado un segundo más. Como para hacer su exigencia más apremiante, esto apareció en unos de los periódicos justo al día siguiente:

"¡CONTEMPLEN AL HOMBRE!: El candidato independiente todavía guarda silencio. ¡Porque no se atreve a hablar! Cada acusación en su contra ha sido probada con creces y ratificada y re-ratificada por su elocuente silencio, de modo que, a día de hoy, podemos considerarlo definitivamente culpable. ¡Miren a su candidato, Independientes! ¡Miren al Infame Perjuro! ¡Al Ladrón de Montana! ¡Al Profanador de Tumbas! ¡Contemplen a su de Delirium Tremens personificado! ¡A su Apestoso Corrupto! ¡Su Repugnante Sobornador! ¡Obsérvenlo con atención —examínenlo bien— y luego digan si ustedes pueden darle su honesto voto a una criatura que se ha ganado esta negra colección de títulos por sus horrendos crímenes y que no se atreve a abrir la boca para negar uno solo de ellos!”
No había manera de escapar de aquello, así que, con profunda humillación, me dispuse a preparar una “respuesta” para la montaña de acusaciones infundadas y el montón de fasedades perversas y miserables. Pero nunca terminé la tarea, porque a la mañana siguiente un periódico traía un nuevo horror, una malignidad fresca, culpándome gravemente de haber quemado un asilo mental con todos los internos dentro porque entorpecía la vista desde mi casa. Esto me sumió en una especie de pánico. Luego vino la inculpación de haber envenenado a mi tío para quedarme con su propiedad, con la exigencia inapelable de que se abriera su tumba. Esto me llevó al borde del delirio. Por si no era suficiente, también se me acusó de contratar a unos ancianos parientes, desdentados e incompetentes, para preparar la comida del hospital de huérfanos, cuando yo era el encargado. Flaqueba. Me sentía desfallecer. Y, por último, como colofón perfecto a la vergonzosa persecución que me había infligido el rencor partidista, nueve niñitos de diferentes tonos de color y distintos grados de andrajosidad fueron aleccionados para abalanzarse a la tribuna en un mitin público, agarrarse a mis piernas y llamarme “¡papá!”.

Me di por vencido. Arrié la bandera y me rendí. No estaba a la altura que requería una campaña a gobernador del estado de Nueva York, por lo que envié la retirada de mi candidatura, y con gran amargura de espíritu, la firmé:

“Atentamente, el que fuera decente, pero ahora,

MARK TWAIN, I. P.; L.M.; P.T.; D.T. T.;A.C.; y R. S.

Traducción del inglés por Siena

martes, 15 de mayo de 2012

PLATÓN, EL MITO DE LA CAVERNA Y EL PENSAMIENTO CRÍTICO

El ser humano vive bombardeado por lo que han llegado a llamar "medios de comunicación" . La gente en general creen que todo lo que nos muestran es verdad porque la imagen que muestran es real.
 Pero si uno se para a pensar y analiza, sabe que nos muestran sólo un fragmento de la realidad, teñido de la opinión interesada que el medio tenga sobre esa realidad.
 Los medios de comunicación son propiedad de lobbys con intereses políticos, económicos, financieros, etc. y su "transmisión" de la realidad está condicionada por esto. Si creemos su "verdad", estamos como diría Platón hipnotizados, presos en la caverna. Nuestras opiniones no tienen verdadero sustento en la realidad, sino en lo que le creemos a los medios. El pensamiento crítico no hace salir de esa caverna y salir al exterior liberarnos de esas cadenas, e ir hacia el estado de comprensión, donde veamos la realidad tal como es.

Textos de Platón
El mito de la caverna  (República, VII)

El libro VII de la República comienza con la exposición del conocido mito de la caverna, que utiliza Platón como explicación alegórica de la situación en la que se encuentra el hombre respecto al conocimiento, según la teoría explicada al final del libro VI.

El mito de la caverna

I - Y a continuación -seguí-, compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza.

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.

- Ya lo veo-dijo.

- Pues bien, ve ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

- ¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros!

- Iguales que nosotros-dije-, porque en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

- ¿Cómo--dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?

- ¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?

- ¿Qué otra cosa van a ver?

- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?

- Forzosamente.

- ¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?

- No, ¡por Zeus!- dijo.

- Entonces no hay duda-dije yo-de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

- Es enteramente forzoso-dijo.

- Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera d alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

- Mucho más-dijo.

II. -Y si se le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía, volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría qué éstos, son realmente más claros que los que le muestra .?

- Así es -dijo.

- Y si se lo llevaran de allí a la fuerza--dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

- No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.

- Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras; luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.

- ¿Cómo no?

- Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que. él estaría en condiciones de mirar y contemplar.

- Necesariamente -dijo.

- Y después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible, y que es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían.

- Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.

- ¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?

- Efectivamente.

- Y si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquellos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente "trabajar la tierra al servicio de otro hombre sin patrimonio" o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?

- Eso es lo que creo yo -dijo -: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.

- Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas, como a quien deja súbitamente la luz del sol?

- Ciertamente -dijo.

- Y si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?.

- Claro que sí -dijo.

III. -Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión, y la luz del fuego que hay en ella, con el poder del. sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la. región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer, y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas; que, mientras en el mundo visible ha engendrado la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

- También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo.

Según la versión de J.M. Pabón y M. Fernández Galiano, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1981 (3ª edición)